En la década de 1920, Lev Kulechov proponía a sus alumnos del Instituto de Cine Ruso un curioso experimento: colocaba el mismo primer plano de un famoso actor del momento, junto tres imágenes diferentes (un plato de sopa, una niña muerta y una mujer recostada elegantemente) y pedía a sus alumnos que identificaran las sensaciones del rostro del aquel hombre. Con ello, demostró que el efecto de un plano, de una imagen, podía ser completamente dependiente de aquellos o aquellas con las que se combina.
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